lunes, 11 de diciembre de 2017

Ejercicio de figuras literarias: 4º de ESO.

En el blog "Materiales de Lengua y Literatura" podéis consultar la explicación de algunas figuras literarias. 


-“La humanidad debe poner fin a la guerra o la guerra pondrá fin a la humanidad” (John F. Kennedy). Es un quiasmo porque hay una ordenación cruzada, ya que en la segunda parte se repiten las palabras de la primera, pero en un orden inverso,  siendo significativa en ambas partes, dando importancia a una idea, repitiendo la frase en orden inverso para el entendimiento del mensaje.

-“ Veni, vidi, vici” (“Vine, vi, vencí”, Julio César).

-“No hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso”.
(Lope de Vega)

"En la ladera de un cerro por mi mano tengo plantado un huerto"(Fray Luis de León, Oda I Vida retirada).

 -"Hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente..." (Francisco de Quevedo).

-“En el silencio sólo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba”, de Garcilaso de la Vega.

 -“Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;

era un reloj de sol mal encarado.
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado. 
 (Soneto de Francisco de Quevedo)

-“Yo loco, loco y ella loquita. Yo lo coloco y ella lo quita”.

-“Tú, infinito cielo. ¿Cuándo será el día que me muestres tus misterios?”

-“Y todo en la memoria se perdía,
como una pompa de jabón al viento”. (Antonio Machado)

-"Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar". Bécquer.

-“Sobre el mar que le da su brazo al río”. (Marinero en tierra, Rafael Alberti).

-“En colores sonoros suspendidos
oyen los ojos, miran los oídos”.
(Francisco López de Zárate).

-“y el amarillo olor del cloroformo”.
(Rosa del sanatorio, Ramón María del Valle-Inclán).

  -“Y allí fuerte se reconoce, y crece y se lanza,
Y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
Y hiende y late en las aguas vivas, y canta y es joven”.
(Vicente Aleixandre)

-“La noche sosegada en par de los levantes de la aurora, la música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora." (San Juan de la Cruz).
  
-“Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más.
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
 (Antonio Machado)

-“Yo no sé lo que busco eternamente
en la tierra, en el aire y en el cielo,
yo no sé lo que busco, pero es algo
que perdí no sé cuándo y que no encuentro,
aún cuando sueñe que invisible habita
en todo cuanto toco y cuanto ves.
Felicidad, no he de volver a hallarte
en la tierra, en el aire y en el cielo
¡aun cuando sé que existes
y no eres vano sueño!”
(Rosalía de Castro)

-"Escucho con los ojos a los muertos…"
Francisco de Quevedo

-"Los ojos son las ventanas del alma".

-"Placeres espantosos y dulzuras horrendas".
(Charles Baudelaire)

-''Nadie ama solamente un corazón:
un corazón no sirve sin un cuerpo''.
(J. María Fornollosa). 


-“Temprano madrugó la madrugada”
("Elegía a Ramón Sijé", Miguel Hernández)

o

“Lo que queremos nos quiere, aunque no quiera querernos”
(Pedro Salinas)


-“Ay, si las palabras fuesen solo un suave sonido...´´
(Vicente Aleixandre)

  -“No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta            
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.”
(Luis Cernuda)

-“Soneto cuando nace no es soneto
Es una idea, un ritmo, y es
Revés de metro y rimas al revés,
Boceto descarnado de un boceto”.
(Pablo Neruda).

-“Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana del coro…”
(Leopoldo Alas, «Clarín». La Regenta.)

-“Tú eras el huracán, y yo la alta
torre que desafía su poder.
¡Tenías que estrellarte abatirme!…
¡No pudo ser!

Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén.
¡Tenías que romperte o que arrancarme!…
¡No pudo ser!
[…]
 (Rima XLI de G. A. Bécquer.)

-"Que te amo con el alma
que te quiero con
 el corazón".


-"Por doler me duele hasta el aliento”
(Miguel Hernández)

-"Leyó a Virgilio"

- "El ruido con que rueda la ronca tempestad". (Zorrilla)

-"Al avaro, las riquezas lo hacen más pobre". 


-Por ti la verde hierba, el fresco viento
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce primavera me agradaba...

jueves, 30 de noviembre de 2017

"Fábula IV: El viejo y la muerte".

     El texto es un poema de Félix María Samaniego, titulado "Fábula IV: El viejo y la muerte", perteneciente al género poético y al período Neoclásico, siglo XVIII.
     Un anciano camina cargado de leña por un camino pedregoso. Se tropieza, cae al suelo y pierde su carga. Dolorido y desesperado, el anciano invoca a la muerte, la cual se le aparece y le pregunta que qué quiere. Ante dicha presencia, el anciano se asusta y le contesta que sólo la necesitaba para recoger la leña.
     El tema es el deseo de estar vivo, a pesar de los sufrimientos, que la muerte.
     En cuanto a la estructura externa, el poema está formado por veinte versos, estructurados en dos estrofas, todos ellos endecasílabos y con rima consonante (ABBA, CDDC, EFFE...).
     Como estructura interna, se pueden establecer dos partes, las cuales coinciden con la externa. La primera, del verso 1 al 16, donde se cuenta lo sucedido al anciano; en la segunda, los cuatro versos restantes, donde se recoge la moraleja.
     Como conclusión, en el poema aparecen varios rasgos del período al que pertenece, el Neoclasicismo. Un lenguaje simple, sencillo, lo cual favorece el entendimiento del poema, y un objetivo didáctico, donde los lectores obtienen una enseñanza en cuanto a valorar la vida por encima de todas las dificultades.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Esquema de comentario de texto poético: 4º de ESO.


-Localización

Localizar un texto consiste en identificar al autor, el título (las obras subrayadas, los títulos de poemas o capítulos entre comillas; por ejemplo, “Madrid, ciudad abajo” de Cielo abajo), situarlo en la época, en el movimiento literario y especificar el tipo de texto o el género literario al que pertenece. Parte de esta información generalmente la encontramos en la referencia que aparece al pie de texto.

-Resumen
    
     Resumir consiste en extraer el contenido esencial de un texto y condensarlo en unas pocas oraciones de modo que queden reflejadas las ideas principales de forma objetiva. No se trata de copiar algunas frases, sino de expresar esas ideas con nuestras palabras. Para que el resumen sea claro y conciso, se debe prescindir de las ideas secundarias y de los ejemplos.
     En un resumen, no se introduce (Este texto trata sobre…/ El resumen es…), sino que se comienza con el texto abreviado directamente.
     Tendría que ocupar entre 6/8 líneas.

-Tema

El tema es la idea central que se desarrolla a lo largo del texto y que le otorga unidad. Para formularlo, conviene escribir una oración en torno a un sustantivo significativo que permita captar el sentido global.
Extensión: máximo 2 líneas.
El tema sí se puede introducir: El tema de este texto es el deseo de vivir de un anciano frente a la presencia de la muerte.

-Estructura

     -Externa: esquema métrico (número de versos y estrofas, tipo de verso, rima y tipode poema).
     -Interna: hay que proponer una división en partes en función del contenido. Dicha propuesta tiene que estar justificada.

-Rasgos lingüísticos

     En este apartado hay que analizar todo lo referente a la lengua, es decir, los rasgos lingüísticos:
    -funciones del lenguaje (función representativa, expresiva, apelativa, poética, metalingüística y fática).
         - figuras literarias (metáfora, paralelismo, etc.)
         - presencia de categorías más destacadas (sustantivos, adjetivos, verbos…)
         - el verbo: en castellano el verbo da mucha información. Hay que fijarse en aspectos como la persona gramatical y tiempo verbal.
         - sintaxis: predominio de oraciones simples o compuestas.
         - campos semánticos, familia léxica...

- Conclusión

     Si desconocemos al autor, al movimiento literario al que pertenece..., podemos hacer alusión, siempre sin repetirnos, al tema que se alude y ponerlo en relación con la actualidad, es decir, si es un tema o no de interés actual.
     Si conocemos al autor..., podemos hacer referencia a los rasgos del movimiento literario en relación al tema o contenido del poema.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Cuento: "Las medias rojas" de Pardo Bazán.

     Cuando la rapaza entró, cargada con el haz de leña que acababa de merodear en el monte del señor amo, el tío Clodio no levantó la cabeza, entregado a la ocupación de picar un cigarro, sirviéndose, en vez de navaja, de uña córnea color de ámbar oscuro, porque la había tostado el fuego de las apuradas colillas.

     Ildara soltó el peso en tierra y se atusó el cabello, peinado a la moda “de las señoritas” y revuelto por los enganchones de las ramillas que se agarraban a él. Después, con la lentitud de las faenas aldeanas, preparó el fuego, lo prendió, desgarró las berzas, las echó en el pote negro, en compañía de unas patatas mal troceadas y de unas judías asaz secas, de la cosecha anterior, sin remojar. Al cabo de estas operaciones, tenía el tío Clodio liado su cigarrillo, y lo chupaba desgarbadamente, haciendo en los carrillos dos hoyos como sumideros grises, entre lo azuloso de la descuidada barba.
     Sin duda la leña estaba húmeda de tanto llover la semana entera, y ardía mal, soltando una humareda acre; pero el labriego no reparaba: al humo, ¡bah!, estaba él bien hecho desde niño. Como Ildara se inclinase para soplar y activar la llama, observó el viejo cosa más insólita: algo de color vivo, que emergía de las remendadas y encharcadas sayas de la moza… Una pierna robusta, aprisionada en una media roja, de algodón…
¡Ey! ¡Ildara!
¡Señor padre!
¿Qué novidá es ésa?
¿Cuál novidá?
¿Ahora me gastas medias, como la hirmán del abade?

     Incorpórase la muchacha, y la llama, que empezaba a alzarse, dorada, lamedora de la negra panza del pote, alumbró su cara redonda, bonita, de facciones pequeñas, de boca apetecible, de pupilas claras, golosas de vivir.
Gasto medias, gasto medias repitió, sin amilanarse. Y si las gasto, no se las debo a ninguén.
Luego nacen los cuartos en el monte insistió el tío Clodio con amenazadora sorna.
¡No nacen!… Vendí al abade unos huevos, que no dirá menos él… Y con eso merqué las medias.

     Una luz de ira cruzó por los ojos pequeños, engarzados en duros párpados, bajo cejas hirsutas, del labrador… Saltó del banco donde estaba escarranchado, y agarrando a su hija por los hombros, la zarandeó brutalmente, arrojándola contra la pared, mientras barbotaba:
¡Engañosa! ¡Engañosa! ¡Cluecas andan las gallinas que no ponen!

     Ildara, apretando los dientes por no gritar de dolor, se defendía la cara con las manos. Era siempre su temor de mociña guapa y requebrada, que el padre la mancase, como le había sucedido a la Mariola, su prima, señalada por su propia madre en la frente con el aro de la criba, que le desgarró los tejidos. Y tanto más defendía su belleza, hoy que se acercaba el momento de fundar en ella un sueño de porvenir. Cumplida la mayor edad, libre de la autoridad paterna, la esperaba el barco, en cuyas entrañas tantos de su parroquia y de las parroquias circunvecinas se habían ido hacia la suerte, hacia lo desconocido de los lejanos países donde el oro rueda por las calles y no hay sino bajarse para cogerlo. El padre no quería emigrar, cansado de una vida de labor, indiferente a la esperanza tardía: pues que quedase él… Ella iría sin falta; ya estaba de acuerdo con el gancho que le adelantaba los pesos para el viaje, y hasta le había dado cinco de señal, de los cuales habían salido las famosas medias… Y el tío Clodio, ladino, sagaz, adivinador o sabedor, sin dejar de tener acorralada y acosada a la moza, repetía:
Ya te cansaste de andar descalza de pie y pierna, como las mujeres de bien, ¿eh, condenada? ¿Llevó medias alguna vez tu madre? ¿Peinóse como tú, que siempre estás dale que tienes con el cacho de espejo? Toma, para que te acuerdes…

      Y con el cerrado puño hirió primero la cabeza, luego el rostro, apartando las medrosas manecitas, de forma no alterada aún por el trabajo, con que se escudaba Ildara, trémula. El cachete más violento cayó sobre un ojo, y la rapaza vio, como un cielo estrellado, miles de puntos brillantes envueltos en una radiación de intensos coloridos sobre un negro terciopeloso. Luego, el labrador aporreó la nariz, los carrillos. Fue un instante de furor, en que sin escrúpulo la hubiese matado, antes que verla marchar, dejándole a él solo, viudo, casi imposibilitado de cultivar la tierra que llevaba en arriendo, que fecundó con sudores tantos años, a la cual profesaba un cariño maquinal, absurdo. Cesó al fin de pegar; Ildara, aturdida de espanto, ya no chillaba siquiera.

     Salió fuera, silenciosa, y en el regato próximo se lavó la sangre. Un diente bonito, juvenil, le quedó en la mano. Del ojo lastimado, no veía.
Como que el médico, consultado tarde y de mala gana, según es uso de labriegos, habló de un desprendimiento de la retina, cosa que no entendió la muchacha, pero que consistía… en quedarse tuerta.

     Y nunca más el barco la recibió en sus concavidades para llevarla hacia nuevos horizontes de holganza y lujo. Los que allá vayan, han de ir sanos, válidos, y las mujeres, con sus ojos alumbrando y su dentadura completa…

jueves, 9 de noviembre de 2017

Leyenda de Bécquer: "Los ojos verdes".

     Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.
     Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

I

—Herido va el ciervo..., herido va... no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban... En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... Pero, ¡por San Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundid a los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la fuente de los Alamos y si la salva antes de morir podemos darlo por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros, se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más a propósito para cortarle el paso a la res.
     
     Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas, jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.

—¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! —gritó Iñigo entonces—. Estaba de Dios que había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.

     En aquel momento, se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? —exclamó, dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos—. ¿Qué haces, imbécil? Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo del bosque. ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?

—Señor —murmuró Iñigo entre dientes—, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿Y por qué?

—Porque esa trocha —prosiguió el montero— conduce a la fuente de los Alamos: la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya la res, habrá salvado sus márgenes. ¿Cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Fiera que se refugia en esta fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde aquí; las piernas le fallan, su carrera se acorta; déjame..., déjame; suelta esa brida o te revuelvo en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus, Relámpago!; ¡sus, caballo mío! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

     Caballo y jinete partieron como un huracán. Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.
      
El montero exclamó al fin:
—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por detenerlo. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí en adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Alamos, en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en valde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?
Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con un cuchillo de monte.

     Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalar sobre la pulimentada madera, el joven exclamó, dirigiéndose a su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:

—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has encontrado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! —exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí —dijo el joven—, es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña... Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero ya no es posible; rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo... Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer, sólo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede dame razón de ella.

     El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarse junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos... Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que, a pesar de sus funestas predicciones, llegué a la fuente de los Alamos, y, atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de soledad.

     Tú no conoces aquel sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno a las flores, se alejan por entre las arenas y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, saltan, y huyen, y corren, unas veces, con risas; otras, con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, Para estancarse en una balsa profunda cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

     Todo allí es grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

     Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una locura! El día en que saltó sobre ella mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña.., muy extraña..: los ojos de una mujer.

     Tal vez sería un rayo de sol que serpenteó fugitivo entre su espuma; tal vez sería una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices parecen esmeraldas...; no sé; yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un día y otro a aquel sitio.

     Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es verdad; le he hablado ya muchas veces como te hablo a ti ahora...; una tarde encontré sentada en mi puesto, vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto..., sí, porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos...

—¡Verdes! —exclamó Iñigo con un acento de profundo terror e incorporándose de un golpe en su asiento.
     Fernando lo miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! —dijo el montero—. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta estos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro por lo que más améis en la tierra a no volver a la fuente de los álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por lo que más amo! —murmuró el joven con una triste sonrisa.

—Sí —prosiguió el anciano—; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el Cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor, que os ha visto nacer.

—¿Sabes tú lo que más amo en el mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Mira cómo podré dejar yo de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío:

—¡Cúmplase la voluntad del Cielo!

Repaso de métrica.

La métrica

Otro rasgo fundamental de la poesía es la métrica, que facilita el ritmo con la estructura que se establezca en el texto lírico. La métrica se ocupa de los versos y sus combinaciones.

Llamamos verso a un conjunto de palabras que se ajustan a un número de sílabas o a un ritmo, y que, gráficamente, no suelen ocupar la totalidad  del renglón en que se incluyen.

La combinación de la métrica y la rima da lugar a grupos de versos con una estructura concreto que se llaman estrofas.


El cómputo silábico

Los versos se miden contando el número de sílabas que tienen:

-          Si el verso termina en palabra aguda, se suma una sílaba.
-          Si el verso termina en palabra esdrújula, se resta una sílaba.


 
Además de lo anterior, hay que tener en cuenta los siguientes fenómenos que responden a un deseo de conseguir la regularidad de los versos de un poema:

-          La sinalefa: es la unión de una sola sílaba métrica de la vocal final de una palabra y la inicial de la siguiente.

“En tan-to que de ro-sa y   de a-zu-ce-na” (11 sílabas métricas).

-          Hay que tener en cuenta que el poeta puede renunciar al empleo de la sinalefa, entonces hablamos de dialefa:

“Cuer-po de la mu-jer, rí-o de o-ro” (aquí tenemos 11 sílabas porque prescindimos de la sinalefa entre la sílaba “de” y “o”, por lo tanto dialefa).

-          La Diéresis: consiste en destruir un diptongo, separando sus vocales en dos sílabas métricas. Suele señalarse con los dos puntos (diéresis) sobre la ï o la ü:

“Be-ber ve-ne-no por li-cor - -a-ve” (11 sílabas métricas).



Teniendo esto en cuenta, los versos se clasifican en: versos de arte menor (de hasta 8 sílabas métricas) y versos de arte mayor (9 o más sílabas métricas).


Versos de arte menor
Bisílabo (2 sílabas)
Trisílabo (3 sílabas)
Tetrasílabo (4 sílabas)
Pentasílabo (5 sílabas)
Hexasílabo (6 sílabas)
Heptasílabo (7 sílabas)
Octosílabo (8 sílabas)

 Versos de arte mayor
Eneasílabo (9 sílabas)
Decasílabo (10 sílabas)
Endecasílabo (11 sílabas)
Dodecasílabo (12 sílabas)
Tridecasílabo (13 sílabas)
Alejandrino (14 sílabas)

La rima

                La rima es la coincidencia total o parcial de sonidos entre dos o más versos a partir de la última vocal tónica de cada uno de ellos.


Hay varios tipos de rima:

-          Asonante: cuando se repiten sólo los sonidos vocálicos a partir de la última vocal tónica:

hermosa-paloma, cielo-nuevo.

-          Consonante: cuando se repiten los sonidos vocálicos y consonánticos a partir de la última vocal tónica:
cabe-nave, sirena-morena.

-          Versos sueltos: son aquellos que no riman en una composición en la que otros sí riman:

Las hojas de un verde           6-
mustio, casi negras               6a
de la acacia, el viento           6-
de septiembre besa.             6a


Ø  Es importante recordar que hay sonidos que se pueden representar con grafías distintas. Así las palabras cabe y nave riman en consonante porque b y v representan el mismo fonema. Además, cuando la última palabra de un verso contiene diptongo, no se tiene en cuenta en la rima la vocal media que queda entre la vocal tónica y la final: “Al sonido del agua / descansa el alma”. Lo mismo sucede cuando acaba en esdrújula: “altas estrellas, llameantes ámbitos / […] hondos, caudal humano.

  
A cada verso que rima se le atribuye una letra del abecedario, utilizaremos el guion para los versos sueltos. Si los versos son de arte mayor, la letra se escribirá en minúscula; si son de arte mayor, en mayúscula.


El esquema métrico

                Para elaborar un esquema métrico hay que señalar:


          - El número de sílabas de cada verso.
        -  Atribución de la letra a cada verso, bien en mayúscula o minúscula.
        - Explicación del tipo de rima.



Las estrofas

     Ya hemos comentado que una estrofa es un conjunto de dos o más versos cuyas rimas se distribuyen de un modo fijo.  No obstante, puede haber poemas estróficos, que son los que tienen agrupados los versos en estrofas, como el soneto, y poemas no estróficos, los versos no están agrupados en estrofas, como el romance.


SONETO

Estrofa de versos endecasílabos, compuesta por dos cuartetos (ABBA, ABBA con rima consonante) y dos tercetos (CDC, DCD o CDE, CDE con rima consonante).

Miré los muros de la patria mía,                  11A
si un tiempo fuertes ya desmoronados         11B
de la carrera de la edad cansados               11B
por quien caduca ya su valentía.                  11A
Salime al campo: vi que el sol bebía             11A
los arroyos del hielo desatados,                   11B
y del monte quejosos los ganados                11B
que con sombras hurtó su luz al día.             11A
Entré en mi casa: vi que amancillada             11C
de anciana habitación era despojos,              11D
mi báculo más corvo y menos fuerte.            11E
Vencida de la edad sentí mi espada,             11C
y no hallé cosa en que poner los ojos           11D
que no fuese recuerdo de la muerte.            11E
Francisco de Quevedo.

ROMANCE

Serie indeterminada de octosílabos, con rima asonante en los pares y sin rima en los impares (-a-a-a-a…).


¡Quién hubiera tal ventura           8-
sobre las aguas del mar               8a
como hubo el infante Arnaldos   8-
la mañana de San Juan!              8a
Andando a buscar la caza           8-
para su halcón cebar,                  8a
vio venir una galera                    8-
que a tierra quiere llegar;            8a
las velas trae de sedas,                8-
la jarcia de oro torzal,                 8a
áncoras tiene de plata,                 8-
tablas de fino coral. […]             8a

Anónimo.